LAS ENERGÍAS FEMENINAS Partimos de la
certeza de que la Terapia Floral es una
psicoterapia auxiliada con esencias
florales, ya que su objetivo no es
prescribir remedios sino ayudar a que el
paciente conozca la causa real de su
enfermar. Causas que se identifican con
la presencia de emociones sofocadas que
desde la sombra retornan como síntomas,
como vínculos y como sueños. Emociones
que hay que hacer aflorar a la
conciencia para sanarlas, ya que nada
puede ser curado en ausencia y sin antes
haberlo vivido intensamente. Esto
implica considerar, entonces, a la
Terapia Floral no solo como un arte
clínico, sino también mayéutico, al
mejor estilo Socrático.
Al decir que las emociones sofocadas
vuelven como síntomas, sueños y
vínculos, estamos implicando que las
emociones son la presencia del pasado en
el presente, la fuerza del ayer en el
hoy. En suma: son un modo de recordar.
Lo que es emoción sofocada en la
personalidad es herida esencial en el
alma, y entre estas dos estructuras
existe una dinámica que hace que lo que
cada uno reprima no sea azaroso, sino
que se relaciona con el tipo de lección
que cada uno tiene que aprender.
Al decir que las emociones son memoria,
estoy afirmando que son la vuelta de
antiguas experiencias. Experiencias que
no provienen de un único lugar, ni que
están escritas en un mismo libro, sino
que sus fuentes son de tres ordenes:
transpersonal, personal y prepersonal.
Todas las emociones ponen de manifiesto
que lo que no se aprende, lo que queda
pendiente, insiste. De modo que los
síntomas, los sueños y los vínculos, que
expresan los afectos sofocados, son
insistencias de un pasado sin resolver,
marcas que pueden provenir de mi
biografía, de mi vida intrauterina o del
universo transpersonal.
Estas cuestiones pendientes se expresan
en emociones que se registran en el
cuerpo, que quedan guardadas en el
cuerpo. Aquí vale la pena recordar,
antes de continuar, que las relaciones
pueden concluir pero los vínculos
permanecen, y permanecen registrados en
el cuerpo. De modo que el cuerpo
recuerda lo que la conciencia quiere
olvidar, el cuerpo revive lo que la
conciencia quiere silenciar. Como se
apreciará, todo parece reconducirnos al
cuerpo. Y es que el cuerpo es el pivote
de nuestra existencia, el instrumento de
nuestra encarnadura.
Volvamos atrás. Dentro de la memoria
transpersonal conviene distinguir tres
áreas: aquélla que se genera a partir de
vidas pasadas o memoria kármica, la
arquetípica y la constelar familiar.
Sobre la primera, merece un lugar
especial maravilloso trabajo que viene
desplegando el Dr. José Luis Cabouli,
quien ha puesto en evidencia, en sus
textos y en su enseñanza oral, el
carácter constitutivo de las
experiencias de otras vidas como
cinceladoras de mucho de lo que hoy nos
acontece. No hay espacio aquí para
explayarse, pero recomiendo un
acercamiento a la obra del Dr. Cabouli
para comprender el valor de las
emociones como reproducción de
experiencias, como intentos de saldar el
pasado.
Respecto a la memoria arquetípica, Jung
fue bastante explícito en mostrar cómo
esos restos de experiencias colectivas
construían patrones de la vida que
reiteramos, al punto que arquetipos y
repetición forman una pareja
mancomunada. El proceso de individuación
consiste, justamente, en desprenderse de
esta fuerza de atracción que nos ancla a
emociones antiguas y colectivas. Su
eficacia para condicionar la conducta
actual muestra cómo esa memoria está
activa.
Finalmente, la constelación familiar. El
pasado familiar impregna toda nuestra
vida. La conciencia de la identidad
familiar es tan fuerte que los seres
humanos somos capaces de cualquier
sacrificio, aún la enfermedad y la
psicosis, con tal de no perderla y
pertenecer. Muchas veces nuestros
síntomas, nuestros vínculos y nuestros
sueños son expresión de las deudas,
fantasías, deseos, maldiciones y muchas
otras cosas que danzan en el
inconsciente familiar.
Así, como el cuerpo es el pivote de la
existencia, así como existir es
coexistir, del mismo modo la
coexistencia es el pivote de la
evolución. Y la matriz esencial donde
aprendemos, descubrimos y recordamos
nuestros vínculos, es la familia. Los
sueños, los vínculos y los síntomas son
en lo individual lo que los mitos, los
arquetipos y los ritos son en lo
colectivo y el puente mediante el cual
lo individual se hace presente en lo
colectivo, y lo colectivo en lo
individual es la familia. Del mismo modo
que las emociones y los vínculos, la
familia está en el cuerpo, es cuerpo.
En otro orden, tanto en lo colectivo
como en lo individual y en lo familiar,
siempre hay una sombra que ignoramos y
que pulsa por hacerse a luz. Son las
heridas que cada persona, cada sociedad
y cada familia debe sanar, las lecciones
que tienen que aprender. Son heridas,
pero también modos que tenemos de herir
a los otros y maneras que tenemos de
curar. Así, cada familia está herida,
posee una forma de herir a sus
integrantes y, al mismo tiempo, ofrece
un camino de sanación posible. Todo
esto, circulando por mediación de los
intercambios e interacciones que
acontecen en una familia.
En realidad lo que en una familia
intercambia, tras la máscara de objetos,
palabras, síntomas y otras cosas más, es
energía, y una de las energías que
circula en la familia es la femenina.
El mundo de las energías femeninas,
tanto en lo individual como en lo
familiar, responde a cuatro estructuras
básicas que representan, cada una de
ellas, un patrón ancestral arquetípico.
Estas cuatro fuerzas se asocian, de a
dos, en parejas que guardan entre sí un
antagonismo complementario.
La primera pareja está integrada por el
arquetipo de la Madre y el de la
Hetaira.
La Madre centra su accionar en el
cuidar, proteger y nutrir a los demás,
sin que le importe mucho si estos
necesitan o no de estas acciones. Se
trata de Demeter, por ejemplo, que
rescata a su hija Core (Perséfone) de
los brazos de Hades.
Esta energía proporciona seguridad,
firmeza, estabilidad y sabiduría
instintiva, pero también puede devorar,
poseer y destruir a sus hijos. Su
función esta asociada al proceso de
comunicación inicial de la madre con el
bebé y de ella derivan patologías que se
asocian con el sistema óseo, la piel, el
sistema circulatorio y la variada gama
de padeceres de la obstrucción y el
estancamiento. Hay aquí algunas flores
interesantes que trabajan diferentes
niveles de este arquetipo, como Chicory,
Mariposa Lily, Lady´s Mantle y, en
general, muchos de los lirios aportan a
esta función interesantes caminos
sanadores.
Por su parte la Hetaira, la opuesta al
arquetipo Materno, es la amante y
compañera erótica. El encanto, la
belleza y el misterio que despierta
Afrodita pueden generar en el hombre el
deseo hacia su realización creativa,
pero en su aspecto negativo puede
seducir para frustrar y así herir al
hombre que espera de ella un compromiso
para el cual es incapaz de asumir.
Flores como Hibiscus y Pomegranate dan
cuenta de el trabajo de este arquetipo.
Lo común entre estos primeros arquetipos
es que dirigen la energía hacia el
afuera, hacia las relaciones, y están
conectados fuertemente con los aspectos
instintivos de la mujer. Llevan a la
mujer a relacionarse, de modo lunar o
venusino, con los hombres.
La otra pareja es el arquetipo de la
Médium y de la Amazona, que dirigen las
fuerzas hacia la intimidad personal.
La primera de ellas es la energía de la
Médium, como Casandra o Medea. Se trata
de una energía porosa, que facilita la
recepción de los mensajes inconsciente
de otras personas. Muy sensible a los
sentimientos e ideas no manifiestos,
como si poseyera un radar para capturar
los mensajes de la sombra, parece
alguien que vive en otro mundo, poco
práctico y que está concentrado más en
el "ser" que en el "hacer". Sin embargo,
tiene un costado histérico que arrastra
como un vendaval a relaciones
emocionales complejas y enredadas,
llenas de tormento. Relaciones
infecciosas tanto en lo anímico como en
lo físico. Pero bien aspectada, esta
energía transforma a la mujer en alguien
muy capacitado para ayudar a los otros a
sanar sus heridas y a crecer
emocionalmente. Flores como Downy Avens
y Glassy Hyacinth son buenas
herramientas para armonizar este tipo de
energía.
El último arquetipo es el de la Amazona,
que representa el principio de la
autosuficiencia. Su placer está en la
independencia y la reserva, en expresar
sus talentos y capacidades como logros
exclusivamente personales. Su relación
con los hombres puede ser de rivalidad,
de cooperación o de enfrentamiento, pero
depender de un hombre es inconcebible
para ella. Le importa la actividad
práctica y el triunfo en el mundo y es
una personalidad por derecho propio: su
sentimiento de identidad no deriva de
las personas que dependen de ella o con
quienes se relaciona.
Su lado oscuro puede llevar a una mujer
presa de este arquetipo a ser arrogante,
dominante, desdeñosa, castradora y
solitaria. Es la imagen de Artemis:
orgullosamente soltera y completa
consigo misma, que en su sombra incluye
una agresividad destructiva hacia los
hombres y el principio masculino, avidez
de poder, obsesión por la
autosuficiencia, hasta el punto de ser
incapaz de relacionarse con los hombres,
y a partir de ello, en ocasiones, llegar
a la esterilidad emocional y también la
física.
Por otra parte, la Amazona es el
arquetipo de lo femenino heroico y se
encuentra en la sombra de toda tímida
ninfa, etérea y medíúnica hija de papá.
Si la mujer no llega a relacionarse
amorosamente con el principio masculino,
tanto en lo interior como en lo
exterior, el resultado es su mutilación
emocional y la infertilidad. Como la
mujer amazona tiene la natural tendencia
a rechazar los instintos femeninos por
temor a que éstos la supediten a un
hombre, su sexualidad puede permanecer
latente o bien convertirse en un impulso
obsesivo utilizado para fines no de
placer sino de poder. De cualquier modo,
una mujer amazona mal aspectada ve a los
hombres como enemigos a quienes hay que
conquistar, explotar y dominar
valiéndose de la sexualidad o de
cualquier otro medio a su alcance.
Flores como Quince, Hinahina, Water
Violet y Lehua ayudan
significativamente a equilibrar esta
fuerza.
Ahora bien, el logro no solo de la
presencia armónica de cada una de estas
cuatro fuerzas, tanto en lo individual
como en lo familiar, sino de un
equilibrio complementario entre ellas,
depende de la combinación de por lo
menos dos factores. El primero es el que
realiza de un modo maravilloso Shasta
Lily conduciendo el desarrollo de la
individuación en la mujer individual así
como de la energía femenina de una
familia. El segundo es la capacidad
personal y familiar de poder ponerse en
el lugar del otro, de pasar del amor al
Yo al amor al Tú, para dar lugar a la
formación de una nostridad amorosa y
creativa. Y, al mismo tiempo, poder
pasar no solo del Yo al Tú, sino del
amor de la personalidad al amor del
alma. Y esto es lo que aporta muy
elocuentemente la esencia floral del
Heather.
En la practica terapéutica con familias
o en el trabajo sobre las constelaciones
familiares de los pacientes
individuales, se advierte que alguna de
estas cuatro energías femeninas están
presentes de un modo dominante y que
guían y limitan la forma en como se
relacionan tanto hombres como mujeres.
Son modelos que condicionan la manera de
percibir la realidad, a los otros y a
uno mismo. Así, por ejemplo, la energía
amazónica si bien es la fuerza que puede
despertar el impulso a la individuación
y a la liberación del sometimiento en
una mujer o en una familia, puede
explicar la reiteración generación tras
generación, en una familia, de una
tendencia a la soltería de muchos de sus
integrantes, o que algunos de sus
miembros se casen, tengan hijos y casi
inmediatamente se separen o, inclusive,
mujeres que alejan, luego de nacido, al
hijo de su padre.
El poder pensar en términos de
arquetipos familiares permite comprender
muchas cosas en una familia, entre
ellas, que no estamos ajenos a su
influencia. Que esto sea así no es un
error de la naturaleza sino parte del
trabajo de la evolución. Como estoy
convencido que la familia que tenemos es
la mejor que pudimos tener, los
arquetipos que en ellas dominan son
oportunidad de aprendizaje. Muestran la
dirección de la herida que debemos sanar
y para nosotros los varones, es una
buena guía del tipo de mujer que debemos
sanar dentro de nosotros para no tener
que estar, una y otra vez, teniendo que
buscarla afuera, ya que la sombra que no
se ve adentro, se proyecta en cada
relación.
Dr. Eduardo Grecco
